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Seminario traducción e interpretación especializadas (25 feb 2002)
La traducción científica y técnica: Ayer y hoy

Jack Segura

Señores y señoras, muy buenas tardes.

Mi charla presentará el tema desde el punto de vista personal, basado en mi experiencia como traductor, a lo cual agregaré algunas moralejas, por si pudieran ser de utilidad para los que ahora empiezan o los que llevan corto tiempo en la profesión.

Por la época en que yo empecé a traducir en los EE.UU. (había ya empezado antes, en España, de muy chico) la traducción científica y técnica era una profesión de alcances limitados pero ya a tono con los nuevos conceptos, los nuevos procedimientos y las nuevas prácticas. El traductor científico y técnico solía ser—y lo sigue siendo en muchos casos—un científico (investigador, médico, cirujano, geólogo) o bien un técnico (ingeniero, perito en alguna materia), pero generalmente poseía una formación cultural más o menos amplia y una inclinación a tratar con más de una lengua. Generalmente era asiduo lector de novelas, ensayos, cuentos, poemas, en dos literaturas—la suya y la "otra", cualquiera que fuese ésta. [Primera moraleja: Si quieres traducir bien, lee mucho y bien].

A nivel del usuario o del paciente—destinatarios de los avances científico-técnicos—el traductor solía ser un aficionado bilingüe que aprendía a traducir traduciendo. Por lo general, trabajaba a las órdenes de un jefe que conocía bastante bien los productos o técnicas sobre los cuales tenía que traducir. Los años de práctica y de buscar terminología, le habían dado una pátina de conocimientos técnicos, no siempre justificada.

En esa época, los mejores profesionales de la traducción eran generalmente empleados de plantilla de empresas grandes, como la International Telephone and Telegraph (IT&T), la General Electric, Westinghouse, RCA). Estas empresas tenían su propio departamento de traducciones, donde el traductor en ciernes se especializaba en publicaciones y productos de la casa, trabajando a las órdenes del jefe del Departamento de Traducciones. Piénsese, por un momento, en lo que esto significaba:

  • El aprendiz de traductor tenía a su disposición todas, o casi todas, las herramientas que necesitaba—un mentor y facilitador (jefe del departamento), posibilidad de consultar directamente a los expertos de la compañía que redactaban los textos en inglés y que en muchos casos conocían o habían ya investigado los vocablos u expresiones dudosos. Otras veces, el traductor tenía a su fácil alcance toda clase de materiales de consulta sobre las especialidades de la empresa, además de diccionarios generales en inglés y en español, y muy escasos diccionarios técnicos. En la IT&T contábamos con el Diccionario Comprensivo de Sell, cuya parte de español-Inglés, todavía conservo. Es un enorme tomo de 1700 páginas, de tipografía apretada, desordenada y no siempre fácil de entender. Ofrecía de todo y para todos, pero no era mucho de fiar). [ Moraleja: No todos los diccionarios valen lo que cuestan, pero todos aportan algo]. Había ya por aquél entonces, un diccionario multilingüe de Telefonía, preparado por expertos de la Comisión Internacional de Telecomunicaciones, que sí era una gran ayuda. Y no hay que pensar en muchos más, fuera de los citados. Eso sí, todo traductor tenía su fichero, donde ponía en orden alfabético cuantos nuevos términos iba descubriendo. Con el tiempo, el nuevo traductor podía llegar a hacer traducciones aceptables e incluso de calidad

.

  • La empresa, mientras tanto, se beneficiaba al no tener que enviar fuera las traducciones, no tener que depender de agencias, y no tener que enviar trabajos a traductores independientes externos.

Las traducciones se componían en máquinas de escribir, lo que exigía el hacer correcciones con blanqueador o el tener que mecanografiar todo el texto de nuevo, si las correcciones eran muchas. Terminada la traducción, se sometía a revisión, crítica y corrección por parte del jefe del departamento, lo que le permitía al traductor novato aprender las preferencias del maestro. En aquellos tiempos se hablaba muy poco de Lingüística y menos aún de teorías de traducción. Eso vendría después. Tras pasar en limpio las correcciones, el jefe o el mismo traductor entregaba el trabajo directamente al departamento o persona que lo hubiese solicitado.No existía el Fedex, fax, correo electrónico, disquetes grabables, etc. Ni se necesitaban dentro de ese ambiente.

Las agencias de traducciones eran muy contadas todavía y, como toda empresa, tenían su propio personal de plantilla, aunque a veces buscaban también a traductores externos que les ayudaran en determinadas ocasiones. En muchos casos, estos traductores externos eran, a su vez, empleados de empresas comerciales que se dedicaban independientemente a hacer trabajos de noche y en los fines de semana.

Con todo, la gran mayoría de estos traductores técnicos no eran verdaderos profesionales de carrera. No existían aún las escuelas y facultades de traducción. Lo que sabían lo habían asimilado por ósmosis, y a menudo sus conocimientos eran deficientes. Esto lo vi yo muy claro cuando, una vez, mi jefe me dio a leer una traducción que había hecho él. Nunca antes había yo puesto en tela de juicio su pericia traductoril, que era considerable, ni su experiencia, que no lo era menos. Pero en esta ocasión tradujo mal dos palabras coloquiales, del ramo de telefonía (en realidad de electrotecnia), utilizadas para distinguir dos clases de conexiones: through y across. En español, las llamó "a través de" y "por", que en materia de conductores eléctricos quieren decir lo mismo (no hay diferencia entre la corriente que pasa por o a través del conductor.).

[Moraleja: Cuidado con la terminología técnica del ingles, que con frecuencia usa terminos caseros como esos dos y, en medicina, cosas como gut por intestino, o backbone por columna vertebral).

Yo había empezado a estudiar por mi cuenta la terminología del ramo de la electricidad y las telecomunicacines y sabía que through corresponde a una conexión "en serie", mientras que across quiere decir "conexión en paralelo". Dejar salir la traducción

de mi jefe como estaba podía tener graves consecuencias, según como interpretara esas palabras el técnico encargado de instalar el equipo. No sin trepidación, le advertí a mi jefe, un señor mexicano muy bueno e inteligente, que me perdonara, pero me parecía que su traducción no era del todo correcta. Con una media sonrisa en los labios, me comentó: "Bueno, muchacho, todos podemos equivocarnos. Pero, ¿en dónde has visto tú que lo correcto sea eso otro? Le traje un libro de electrotecnia que había sacado de la biblioteca de la compañía, y al ver lo que decía, reconoció su malentendido, y me aconsejó, ya más serio: "Tú todavía eres muy jovencito y tienes mucha traducción por delante. ¿Por qué no vas a una universidad a estudiar ingeniería eléctrica o telecomunicaciones? El sabía ya que, como ex combatiente en la guerra del Pacífico, yo tenía derecho a la subvención gubernamental para estudios superiores (the Veterans Bill of Rights). Lo pensé mucho, pero al final acabé matriculándome en el Pratt Institute, que tenía Facultad y Laboratorios de Electrotecnia, y allí cursé estudios nocturnos (tres horas por noche y tres noches por semana) durante cuatro años; después, pasé a los Institutos RCA, donde estudié, durante dos años más, radio, televisión, así como generación y reproducción de imágenes. [Moraleja: Siempre es muy importante contar con el impulso y apoyo del jefe de uno].

Estos estudios me permitieron aventajar a mis compañeros en traducción técnica, por el simple hecho de entender mejor que ellos lo que quería decir el original. Nunca, a lo largo de mis estudios, se me habia pasado por el magín la idea de trabajar como ingeniero eléctrico. A mí lo que me interesaba era conocer las materias estudiadas, que además me dieron una base firme para entender después otras técnicas derivadas de ellas. [Moraleja: Todo nuevo conocimiento adquirido sirve de base para entender mejor las innovaciones por adquirir.]

Por otra parte, había hecho los estudios técnicos en inglés, lo que me daba también la ventaja de saber cómo hablaban entre sí los técnicos anglosajones. A todo esto, fui acumulando textos que presentaban los mismos temas de estudio en español, y pronto me convertí en asesor técnico de los otros traductores de la IT&T. A no tardar, me hicieron subjefe del departamento. [Moraleja: No sólo es necesario aprender la terminología, sino la fraseología en uno y otro idioma.]

Así las cosas, un buen día leí en The New York Times un anuncio a cuarto de página en el que se hablaba de una nueva revista que la empresa TIME & LIFE estaba a punto de editar: LIFE in Spanish, como la llamaban ellos hasta entonces. Contesté aquel anuncio, ofreciéndome de traductor para hacerles trabajos científico-técnicos ocasionales. En uno o dos días recibí una breve carta en la que me pedían, a manera de prueba, la traducción de un editorial adjunto del N.Y. Times, que versaba sobre Tito, el líder comunista de Yugoslavia.

Me pareció muy extraño que no me hubieran enviado un texto científico o técnico, pero de todos modos hice la traducción y se la devolví. Pasaron tres semanas o un mes... y nada. Un día, cuando no esperaba saber más de ellos, recibí un telegrama pidiéndome

que los llamara por teléfono a un número indicado. "¿Podría pasar por el edificio de la compañia, piso 18, calle 58, esa misma tarde, después de las 5?" Allá que fuí, curioso. En una oficina casi vacía, un señor pelirrojo, relativamente joven, estaba sentado detrás de un escritorio grande. Al oírme entrar levantó la vista por sobre los espejuelos de lectura, se levantó de su asiento, me estrechó la mano, me dijo su nombre rápidamente y a continuación me espetó: "¿Quieres venir a trabajar con nosotros?" Le agradecí la oferta, le dije que no me interesaba un empleo de plantilla, que ya tenía uno bastante bueno, pero que tal vez podría ayudarles con algunas traducciones técnicas de cuando en cuando.

El hombre frunció un poco el ceño y me dijo: "Qué necesitarías para dejar el otro empleo y venir a trabajar aquí? Sonreí un poco ante lo inesperado de la pregunta y, pensando que lo mejor que podía hacer sería citar un sueldo exorbitante que tuvieran que negarme, contesté: "Bueno, si lo dice en serio, pues... no sé..., por lo menos el doble de lo que gano ahora".

Mi interlocutor, que ya sabía lo que yo ganaba a la sazón (se lo había informado por teléfono), no dudó un instante. Aunque su acento era mexicano, él era norteamericano, corresponsal de aviación de la revista LIFE. Seguidamente me habló en inglés: "The job is yours!" Le dije que necesitaría por lo menos uno o dos meses, para ayudarles a mis jefes a encontrar alguien que me sustituyera. [Moraleja: Hay que aventurarse al pedir sueldo, sobre todo cuando se tiene ya empleo].

Pero, mientras tanto, tenía curiosidad en saber por qué me enviaron un editorial de The New York Times, en lugar de un reportaje científico o técnico, que era lo que yo les había ofrecido?

"Si te mandamos el editorial fue porque no dudábamos de tu competencia científica y técnica, dados tus estudios y actual empleo; pero necesitábamos saber si podías escribir bien en español. Tu traducción, recomendada después por catedráticos de Literatura Española de varias universidades norteamericanas, nos ha sacado de la duda." Tontos no eran. [Moraleja: Tanto o más importante que el poseer conocimientos técnicos era en este caso y en muchos otros el poder escribir medianamente bien].

Seguí empleado en la IT&T un mes más, hasta que encontramos un reemplazo extraordinario: nada menos que Javier Collazo, que contaba con muy buenos antecedentes en el ramo de las telecomunicaciones, y que después sería autor de dos magnos y magníficos diccionarios politécnicos. En todos estos años, más de 60, hemos sido amigos y colaboradores en varios proyectos.

En LIFE en Español pasé 18 años de mi vida, y aunque fui el primer redactor-traductor contratado para esa revista, y posteriormente su jefe de redacción, trabajaba en estrecha colaboración con 8 a 10 compañeros de Hispanoamérica, en su mayoría escritores y periodistas. El hecho de que pudiéramos sacar una revista en español que todos sus lectores entendían es harina de otro costal, que tiene que ver con las diferencias en el idioma español, no sólo entre España y América, sino también entre distintos países hispanoamericanos. Pero eso tendré que dejarlo para otra ocasión.

En LIFE, la traducción era muy distinta de la de IT&T. Había profusión de medios de consulta, incluso los 90 y tantos tomos de la Enciclopedia Espasa-Calpe, que fueron para nosotros de gran utilidad, sobre todo los suplementos de actualización, donde uno podía encontrar definiciones y explicaciones de cosas técnicas. También teníamos una encioclopedia más moderna, la UTEHA, editada en México. Además, inventábamos términos en español cuando no los teníamos, y luego, entre paréntesis, poníamos el inglés. Me tocó traducir reportajes seminales (con toda clase de material gráfico en colores), como el del alunizaje de Armstrong y compañeros, y el del descubrimiento de la hélice del ácido desoxirribunucleico (ADN), al que dí sigla española. Años después, me tocaría defender esa sigla en el seno de la Real Academia Española, donde algunos me decían que era mejor usar la inglesa DNA, que todo el mundo entendía. Ya entonces recomendé que usaran DNA sólo cuando escribieran en inglés artículos o ponencias destinadas a publicaciones extranjeras, pero que deberían usar el nombre y la sigla españoles para España e Hispanoamérica. En LIFE en Español traduje todos los textos de aviación, cohetería, astronáutica, y todos los de biología y medicina, además de revisar las traducciones de otros. Para ello tenía a mi disposición cuantos recursos necesitaba, desde la Espasa-Calpe, el diccionario politécnico no enciclopédico de Castilla (predecesor del actual Beigbeder), el primer diccionario politécnico y enciclopédico de Collazo, y la posibilidad de consultar directamente al autor del texto original.

Allí hicimos el tránsito de la máquina de escribir manual a la eléctrica, y a las cintas correctoras de errores tipográficos. Los textos originales o traducidos eran indefectiblemente revisados por unas "investigadoras" (researchers), todas las cuales habían cursado Literatura a nivel universitario y algunas tenían en su haber estudios tecnológicos. Su misión primordial era cerciorarse de que no se publicaran en la revista datos incorrectos. Y a veces era difícil convencerlas de que debían dejar pasar alguna palabra nueva,que uno de nosotros había inventado y que el fabricante había aprobado. Querían pruebas por escrito.

Además de escribir artículos originales y traducir los que nos llegaban en inglés, el cuerpo de redacción tenía que preocuparse de preparar los textos para la imprenta. Al principio se contrató a una imprenta hispana de Nueva York, en la creencia de que sus empleados hispanos, conociendo el español, serían más rápidos y certeros como lectores de pruebas. Pero eran tantos los errores que cometían o se les pasaban, que la dirección de LIFE decidió probar la imprenta de Chicago en la que se imprimía la versión en inglés. Con gran asombro nuestro, las galeradas que nos devolvían de Chicago apenas tenían errores tipográficos. ¿Como explicarnos eso? Al parecer, los lectores de pruebas norteamericanos, que no entendían ni jota de español, leían los textos lentamente, letra por letra, mientras que los hispanos los leían deprisa, palabra por palabra, y por el camino se comían algunas letras. [Moraleja: Lo obvio no es siempre lo más indicado.]

Después de tantos años de trabajar en LIFE en Español, la revista se vió obligada a suspender su publicación, no porque le faltaran lectores—tenía más de medio millón-- sino porque el gobierno de México, donde ahora se imprimía, amenazaba con interrumpir

la importación de tintas en colores si seguíamos publicando críticas de la política de ese país. LIFE optó por mudar la imprenta a Panamá, para lo cual importó nuevas máquinas de imprimir de Alemania. Pero el calor y humedad tropicales resultaron intolerables para las tintas, y hubo que climatizar toda la planta. Aquello costó una millonada. Por otra parte, la empresa madre, LIFE, había empezado a a perder lectores ante el embate de la televisión. Estaba en pleno fragor la contienda entre la imagen semanal estática (por buena que fuera) y la imagen viva, dinámica, casi instantánea. Ya saben ustedes cual de ellas venció. Antes de un año, también LIFE tuvo que cerrar. [Moraleja: Nunca hay que considerar un empleo eternamente seguro. Nadie hubiera imaginado que LIFE desaparecería un día.]

Después de LIFE, entré a trabajar en una empresa muy interesante: Dos ex periodistas norteamericanos habían creado, como cinco años antes, un negocio de información científico-médica consistente en publicar antes que nadie, en unos periodiquitos de 8 páginas en formato tabloide, el material de mayor interés y actualidad presentado en conferencias, congresos y simposios de medicina. En el espacio de una semana, preparábamos y sacábamos a luz, resúmenes de las ponencias presentadas por medicos y especialistas de varios campos, a veces suplementados

con entrevistas al autor. Estas ponencias, normalmente, se publicaban en revistas médicas, pero para ello tardaban en salir como mínimo 6 meses. También publicábamos libros con información que, por término medio, hubieran tardado 5 años en aparecer. La empresa, que tuvo un éxito extraordinario, se llamaba Science & Medicine Publishing Co.. Después, sus fundadores la vendieron a otra compañía que no sabía nada de ciencia ni de medicina, y ésta a otra que tampoco sabía en que se metía, y así sucesivamente , hasta 4 ventas. Yo me salí de aquel desbarajuste y me dediqué a trabajar por mi cuenta, no sólo en traducciones, sino también en la organización de congresos y reuniones de medicina y especialidades. Esta última parte también la dejé después de otros cinco años, y me dedique de lleno a las traducciones. Debo aclarar que en todos los años que trabajé para LIFE y para Science & Medicine Publishing, seguí haciendo traducciones en mis ratos libres.

Para entonces, las cosas habían cambiado mucho en traducción, como en tantas otras esferas. Con la llegada de las primeras procesadoras de textos—que en realidad eran computadoras limitadas a sólo esa función—el ritmo del trabajo se aceleró y facilitó (hasta cierto punto). Recuerdo todavía la primera de esas máquinas que compramos al mismo tiempo Javier Collazo y yo, de la marca CPT. Javier había hecho su primer diccionario politécnico con una máquina de escribir—una Olivetti, si mal no recuerdo. Con la nueva procesadora de textos y 20 años de intenso trabajo, saldría a la luz su segundo gran diccionario.

Después de esas máquinas (también la IBM tenía procesadora de textos, con memoria de tarjeta magnética), vinieron el Apple II y el MacIntosh, la computadora personal de la IBM, que hizo época, y la ininterrumpida trayectoria ascendente de Microsoft y sus

programas informáticos, tanto operativos como de aplicación.

Los científicos de varios organismos y universidades venían probando diversos sistemas de traducción automática, que hasta la fecha han resultado insuficientes, salvo para ciertas tareas repetitivas y de vocabulario bien definido, evitando siempre sinonimias, falsos amigos y otros obstáculos que confundían a sus neuronas digitales..

El gran problema de estos sistemas es que se basan en supuestos lógicos o semilógicos, y los idiomas no son siempre lógicos. De todas maneras, hasta ahora, la traducción automática no nos ha hecho mucha competencia.

Otra cosa son las memorias de traducción, que traen a la pantalla rápidamente lo que se dijo en una o más ocasiones anteriores en una traducción parecida. Estos programas son, en potencia y en la práctica, de gran ayuda para el traductor independiente. Sin embargo, en muchos casos, acaban por perjudicarlo.. Para empezar, cuestan mucho dinero (algunos más de mil dólares; otros, algo menos), lo que, naturalmente, crea resistencia a usarlos.. Además hay ya unos cuantos: Trados, Deja Vu, SLDX, Transit y otros (gracias, Cristina Márquez, aquí presente, por decirnos que tiene los cuatro citados). Su uso ha sido impulsado por las agencias de traducción (cada cual tiene el suyo preferido), que te exigen que uses el que ellas tienen como requisito para participar en proyectos de traducción de gran envergadura. Total, que te obligan a comprarlos, pero por lo regular no te los pagan, y encima te exigen que reduzcas considerablemente tus tarifas, puesto que puedes hacer muchas más páginas por hora y por día. [Moraleja: Hay adelantos que atrasan).

La Internet sí es una gran ayuda para el traductor independiente, al no exigirle inversiones extraordinarias. Hoy podemos consultar toda clase de sitios, páginas y foros internéticos y recibir casi inmediatamente respuestas de diversas fuentes y expertos. Dos sitios que recomendamos son la nueva página de Spansig-Intrades, y el foro Medtrad. También la página de la Real Academia Española y la Página del Español.

Resumen

Se han ido para siempre aquéllos tiempos que yo y muchos de ustedes conocimos-- en que podíamos recibir un trabajo por correo normal, terminarlo las más veces en un plazo razonable para poder hacerlo como era debido, devolverlo por correo, y olvidarlo hasta que llegaba el cheque y la hora de contabilizarlo y cobrarlo.

Hoy no somos sólo traductores, sino COMUNICADORES, con mayúsculas, porque a veces empleamos la mayor parte de nuestra jornada de trabajo en faenas de comunicación. Hasta hace unos años, no recuerdo haber tenido que enviar a nadie un currículo o una traducción de prueba (fuera de aquella excepcional que hice para LIFE). En mi despacho, al teléfono de antes (que apenas usaba para comunicarme con alguno que otro cliente), se han sumado ahora la contestadora automática, el fax, la impresora, la fotocopiadora, dos computadoras (una nueva y de lo más inestable, y otra vieja, desmemoriada, pero que sirve de reserva), un módem, un lector óptico (scanner), grabadora y programas informáticos de corrección ortográfica, de comunicación, de dictado. Si el cliente no tiene medios electrónicos, habrá que enviarle las traducciones por mensajería (FedEx, USP). Y es irónico ver el papel de escribir que uno gasta hoy día (en cantidades mucho mayores que las de antes). En suma, todo lo que se necesitaba antes, más todo lo que se necesita ahora.

De cuando en cuando nos obligan a cambiar nuestra computadora, no porque se haya gastado, sino porque nos han cambiado una vez más el programa operativo o los de aplicación, los cuales son, por regla general, cada vez más voluminosos y complicados, y además requieren memorias gigantescas, que las viejas no tienen. Uno podría seguir con lo viejo, si no fuera porque tiene que "colaborar electrónicamente" con gente que

posee ya modelos más recientes y memorias digitales mucho más grandes.

Las agencias hoy dominan la traducción. Ya no son empresas regentadas por traductores, sino que éstos han sido reemplazados por profesionales de administración y de mercadotecnia. Últimamente se han "globalizado", con lo que envían buena parte

de sus traducciones al exterior: a España, México, Argentina, etc., de donde pueden conseguir tarifas más bajas y hasta lo que yo califico de "tarifas de esclavo". Nuestra eximia amiga, Cristina Márquez, recibió el otro día una oferta de trabajo de una empresa norteamericana en la que le proponían "18.000 words at $0.020 per word". (Moraleja y refrán: Cuando la barba de tu vecino vieres pelar, echa la tuya a remojar.)

No extrañe a mis oyentes que en el título de esta charla me haya dejado en el tintero el "mañana" que debiera ir a continuación de "Ayer y hoy". Y es que el futuro se me representa nublado y amenazante para el traductor independiente. Preveo, a más tardar para dentro de 50 años, pero posiblemente mucho antes, la introducción de computadoras superinteligentes que nos reemplacen en el trabajo de traducción. No lo han logrado hasta ahora, pero tampoco habían logrado ser buenas ajedrecistas, hasta que una de ellas derrotó a Karpov, el campeón mundial. Para traducir bien se necesitarán memorias enormes (que habrán aprendido de antemano todas las variantes y recovecos lingüísticos creados e imaginados por la mente humana), y muy posiblemente esas memorias se basaran en microcircuitos biológicos (que ya se están poniendo a punto), parecidos a los del ser humano. Si nos descuidamos, no sólo nos globalizarán, sino que podrían retrotraernos a los tiempos de la esclavitud, porque no sólo serían una amenaza para el traductor, sino para todo ser viviente, excepto sus amos, si esas máquinas del futuro se dejan tener amos. Ojalá me engañe y que sobre estas amenazas triunfe el espíritu humano. Pero no estará demás vivir prevenidos. A lo mejor todavía quedarán en pie los correctores de textos traducidos por computadora. Mientras tanto, una primera y última recomendación al traductor que empieza ahora: lee, lee no sólo publicaciones de traducción, periódicos y revistas, sino literatura. No abandones la lectura de tus clásicos, ni a tus nuevos maestros del bien decir.

Muchas gracias a todos por haber escuchado pacientemente esta perorata.

Joaquín (Jack) Segura

 

 

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