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Volumen 7, Número 2/3

Verano de 1999

 
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Métodos para evitar clientes 'non-gratos'

©Sergio Graciano

La escena resultará familiar a más de un lector: un escritorio cubierto de papeles, el piso de la oficina alfombrado con diccionarios, un teléfono que suena y no podemos encontrar y cuyo inoportuno campanilleo nos hace olvidar la palabra que estuvimos buscando varios minutos. El traductor descuelga el teléfono, que por ser inalámbrico no está colgado de ninguna parte, y solícito responde al posible nuevo cliente.

−Buenos días −dice el interlocutor con voz de radial− mi nombre es Carlos E. N. Migo. Lo llamo desde East Afas Corporation, y nuestras oficinas están situadas en Kitchenette, en el Estado de Sitio.

−Mucho gusto, ¿en qué puedo servirle? −responde el traductor mientras sigue tecleando para adelantar con el trabajo que debía haber entregado ayer.

−Bueno, tenemos una pequeña traducción que necesitamos para mañana a primera hora y queríamos saber si está usted disponible.

Generalmente nos llaman cuando menos disponibles estamos y quizás por el masoquismo que nos caracteriza respondemos:

−Sí, seguro, no hay problema −sin siquiera saber en qué nos estamos metiendo.

Y allí puede comenzar la posible pesadilla…

A quienes ya nos han hecho el verso, una vez nos basta como experiencia, y más vale perder a un posible cliente que caer en manos de uno de estos delincuentes que pululan cual pirañas.

Orden de compra, referencias, contrato, pago adelantado… Primero y principal, cliente conocido o desconocido, se debe solicitar una orden de compra. Ésta debe llevar número y membrete con los datos de la compañía, y asimismo indicar el precio acordado, métodos de pago, etc. Ante mi petición, E. N. Migo me envió un mensaje electrónico cuyo texto decía: "Esto es una orden de compra, traduzca el documento adjunto". Al insistir yo en obtener una orden de compra comme il faut, el susodicho envió por fax una hoja manuscrita −por cuya caligrafía parece escrita con pluma de pterodactilo− sin dirección, ni teléfono, ni ningún otro dato compremetedor que permitiera corroborar su identidad y paradero, en la que el aprendiz de estafador insistía en que se realizara la traducción lo antes posible.

Siempre existe la posibilidad de que el cliente no nos pague. En general, son pocos los clientes que conocemos personalmente y aún menos los que están lo suficientemente cerca como para que nos podamos instalar en su oficina hasta que escriban el cheque.

Ante toda duda relativa a la honestidad de un posible cliente, conviene siempre consultar con nuestros colegas. Un simple mensaje con copia carbónica enviado a todos los traductores de nuestra libreta de direcciones generalmente dará resultado y en cuestión de horas, sino de minutos, tendremos la información deseada. Una vez comprobada, o no, la credibilidad y honestidad del susodicho cliente, podemos empezar la traducción u olvidarnos por completo del asunto.

En caso de clientes nuevos totalmente desconocidos, un pequeño contrato en el que se estipulen las condiciones, métodos de pago y demás detalles, nos dará cierta tranquilidad. Para mayor seguridad, conviene también solicitar el pago adelantado de un porcentaje del total presupuestado. El pago con tarjeta de crédito facilita y agiliza este tipo de transacciones.

Si el cliente nuevo y desconocido es una agencia de traducción, se puede buscar el nombre de la misma o de su presidente en la guía de la A.T.A. Esto no es una garantía de que nos pagarán, pero al menos podremos comprobar si el cliente y la empresa existen realmente. Un paseo por la Internet para ver si la empresa tiene un sitio Web y recabar información sobre la misma resulta también útil.

Volviendo a la historia del Sr. E. N. Migo, me llamó al día siguiente, sin orden de compra y habiendo yo recabado la información necesaria. La conversación final tuvo un toque casi cómico:

−Estoy esperando la traducción que me debía entregar ayer…

−Hay un pequeño inconveniente, la traducción está terminada pero he decidido no enviársela.

−…

−Resulta −continua el traductor, impasible− que me he tomado la molestia de averiguar sus referencias y la verdad, mire E. N. Migo, no lo tome a mal, pero parece que usted es un estafador que les debe dinero a varios traductores.

−¿Varios? ¡Calumnias! −despotrica el acusado. Sólo les debo dinero a tres traductores desde octubre del año pasado y esos fueron especiales…

El problema no es sólo no perder dinero, sino no perder la paciencia, ni el tiempo, ni la energía con este tipo de situaciones que, más que improductivas, nos pueden resultar bastante caras.

 
   
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